
Durante los meses previos a su llegada a Lisboa, la vida de Nikolai Haram Svorte siguió un ritmo exigente: trabajar, estudiar, practicar y volver a empezar. Las tardes y los fines de semana estaban dedicados a la preparación. Las vacaciones se convirtieron en oportunidades para entrenar. Los planes sociales prácticamente desaparecieron.
«He sacrificado prácticamente toda mi vida social durante, no sé, al menos los últimos cuatro meses», comenta.
Ese compromiso culminaría con la conquista, por parte del sommelier noruego, del título de ASI Best Sommelier of the World 2026. Sin embargo, su relato del camino recorrido habla tanto de dudas, autoconocimiento y aprendizaje para aceptar ayuda como de disciplina. Detrás de la precisión demostrada sobre el escenario había alguien que se había planteado abandonar las competiciones, que había luchado por encontrar su propia forma de presentarse ante el público y que, finalmente, había descubierto cómo alcanzar el éxito siendo fiel a sí mismo.
En una conversación para el podcast de ASI, A Sommelier’s Insight, Svorte reflexiona con sinceridad sobre lo que hizo falta para llegar a lo más alto y sobre lo que sucede cuando finalmente se alcanza un objetivo que ha ocupado una parte tan importante de la vida.
El vino no fue la primera vocación de Svorte. El fútbol, la música e incluso la ingeniería figuraban entre sus primeras posibilidades. Tras terminar la educación secundaria, dedicó un tiempo a la música mientras trabajaba a tiempo parcial en un supermercado. Su interés por el vino, que surgió alrededor de los 18 o 19 años y se vio estimulado por sus visitas a restaurantes, fue abriéndole poco a poco un nuevo camino.
En 2017, se inscribió en el Nivel 2 del WSET, antes de continuar sus estudios de sommelier en la Academia Culinaria de Noruega. Su primera oportunidad en un restaurante llegó cuando abrió un prometedor establecimiento en su ciudad natal, en la costa occidental de Noruega, justo cuando estaba a punto de completar su formación.
«En cierto modo, primero me convertí en sommelier y después empecé a trabajar en restaurantes», explica.

Las competiciones se convirtieron en otra forma de canalizar su curiosidad y determinación. Según sus propios cálculos, Lisboa fue su decimoquinto concurso. En las competiciones noruegas y nórdicas había experimentado una progresión desde el tercer puesto al segundo y, finalmente, al primero. Ver sus avances le daba motivos para seguir esforzándose.
Pero progresar no siempre le aportaba tranquilidad. Después de quedar segundo por segunda vez en el campeonato nórdico, estuvo a punto de anunciar públicamente su retirada.
«Llegué a redactar una publicación de Instagram anunciando mi retirada», recuerda.
Parte de la dificultad consistía en encontrar su propia identidad como competidor. Tímido e introvertido por naturaleza, Svorte se encontraba a menudo junto a concursantes más extrovertidos, con una facilidad innata para desenvolverse ante el público. Se preguntaba si, para triunfar, tendría que convertirse en alguien diferente.
Con el tiempo, desarrolló un enfoque basado en sus propias fortalezas.
«Nunca he sido el más entretenido de ver, pero siempre he intentado ser el más preciso y técnico».
El trabajo que lo llevó hasta Lisboa había comenzado mucho antes de los últimos meses de estudio intensivo. En marzo de 2020, recibió una invitación para incorporarse al equipo nacional de sommeliers de Noruega, acompañada de una sugerencia: llevar un diario mensual de entrenamiento.
Svorte continuó registrando sus estudios durante los seis años y medio siguientes. El mayor valor de aquel diario, según explica, era el sentido de responsabilidad que generaba. Tener que documentar y entregar su trabajo lo animaba a dedicarle las horas necesarias.
Sus circunstancias profesionales también contribuyeron. Tras dejar el servicio en restaurantes para dedicarse a la importación, con especial atención al Champagne de pequeños productores, descubrió que disponía de más energía para estudiar de manera productiva después del trabajo. La transición le permitió estrechar el contacto con los productores, viajar y catar, además de adquirir una perspectiva diferente del negocio del vino.
Hubo ciertas contrapartidas. Al no trabajar diariamente en el servicio de restaurante, necesitaba recuperar su soltura práctica mediante sesiones de entrenamiento en establecimientos de restauración. También reconoce el apoyo de un empleador que comprendía el valor de las competiciones y le proporcionó tanto respaldo económico como flexibilidad.
Sin embargo, a pesar de todas aquellas horas de estudio en solitario, no se trató de un esfuerzo individual.
Svorte reconoce que anteriormente había sido reacio a aceptar ayuda. Durante el año previo a Lisboa, se propuso cambiar esa actitud. Trabajó con su entrenador, practicó con Francesco Marzola, anterior representante noruego, y recurrió a los conocimientos de sus compañeros en sake, coctelería y cerveza. Las clases de interpretación y las sesiones con un psicólogo también formaron parte de su preparación.
Después llegó un periodo de consolidación. Tras meses recibiendo consejos, dedicó la etapa final a trabajar principalmente por su cuenta, decidiendo qué enseñanzas incorporar y cómo ponerlas en práctica.
«Necesitas recibir muchas aportaciones», explica, «pero llega un momento en que también tienes que decirte que necesitas tiempo para asimilarlo todo».
Para alguien que se describe como introvertido, el escenario ante el público podría parecer la parte más intimidante de un campeonato mundial. Sin embargo, Svorte encontró más aterradoras las primeras rondas: las salas de conferencias, las pruebas concentradas en poco tiempo y las oportunidades limitadas para demostrar sus capacidades.
Sobre el escenario, las luces contribuían a que el público pasara a un segundo plano. El desafío consistía entonces en concentrarse en el trabajo.
Aun así, el comienzo de la final fue complicado. Al ser el primero en competir, sintió que todavía no había conseguido adaptarse plenamente al momento. Durante la prueba de mise en place, no identificó un defecto de TCA en un vino servido con tapón de rosca.
«Caté el vino y noté que algo no iba bien», recuerda, «pero de alguna manera me convencí de que no podía ser eso porque estaba cerrado con tapón de rosca».
También había detectado un Champagne sin efervescencia y un vino tinto servido a una temperatura excesivamente alta, pero se preguntó si era posible que los tres vinos ofrecidos por copas presentaran problemas. Para Svorte, se trató más de una interpretación equivocada de la prueba que de una falta de capacidad para reconocer el defecto.
Más adelante, durante la cata a ciegas, confió mucho más en sí mismo. Ante tres vinos tintos identificados durante la entrevista como Nebbiolo, se mantuvo firme en sus conclusiones.
«Simplemente intenté seguir mi primer instinto y no cuestionarme constantemente».
Aquella actuación tuvo un significado especial porque hizo realidad algo que había imaginado durante su preparación.
«Había soñado con ganar la competición haciendo unas catas a ciegas perfectas», afirma. «Me sentí muy orgulloso de haber podido conseguirlo de esa manera».

Sin embargo, abandonar el escenario no le aportó ninguna certeza. Consideraba que algunas pruebas de servicio habían sido lentas, aunque su ejecución hubiera sido limpia y precisa. Al observar a los otros finalistas, Pascaline Lepeltier y Wataru Iwata, podía reconocer sus fortalezas tanto como las propias. Con diez pruebas y sin conocer el peso relativo de cada una en la puntuación, resultaba imposible predecir el resultado.
En lugar de seguir cuestionándose, aceptó la actuación que había ofrecido.
«Sentí que había dado lo mejor de mí».
La victoria trajo sorpresa, incredulidad, felicidad y orgullo. Compartir aquel momento con su entrenador, el presidente de su asociación y su empleador lo hizo especialmente emotivo.
Pero también llegó acompañada de un peso inesperado.
«Las expectativas parecían no dejar de crecer», comenta.
El alivio que había imaginado no llegó exactamente como esperaba. Después de años organizando su vida en torno a la siguiente competición, ganar también exigía un periodo de adaptación. Durante los días posteriores, experimentó altibajos emocionales mientras comenzaba a comprender las responsabilidades asociadas al título.
Espera aprovecharlo para apoyar a ASI y a la comunidad de sommeliers de Noruega. Considera que su éxito refleja la profundidad del talento existente en su país, donde varios competidores lo han presionado de cerca durante años. También destaca la amplia exposición de Noruega a los vinos internacionales y las competiciones nacionales que han preparado a los candidatos para afrontar la diversidad de desafíos que caracterizan a los concursos contemporáneos de ASI.
Por ahora, sin embargo, no tiene planes inmediatos de obtener otra certificación. Después de pasar tanto tiempo trabajando para alcanzar el siguiente objetivo, Svorte ha decidido darse la oportunidad de disfrutar de este logro.
Quiere reencontrarse con sus amigos y familiares, recuperar parte de la vida social que la preparación había dejado de lado y, quizá, leer algo que no sea literatura sobre vinos por primera vez en años.
«Ahora mismo me siento bastante satisfecho», afirma, «así que no tengo ninguna prisa».




